En la mañana de la Resurrección, antes incluso de ver a Jesús, los discípulos corren. El sepulcro vacío despierta en ellos una esperanza que no pueden contener. También hoy, en medio de nuestras prisas, miedos y rutinas, el cristiano está llamado a una carrera distinta: correr hacia Cristo, movido por el amor y la esperanza. Una fe viva no se queda quieta. Y aunque sabemos que ha resucitado, el corazón pide más: quiere encontrarlo. Ese encuentro sucede hoy en la Eucaristía, en los demás y en la oración, donde el Resucitado nos espera sin prisa.